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Marketing

Que mejor prueba de la fuerza y el uso inteligente del worth of mouth, (la publicidad boca a boca) que la empresa Beachbody y sus productos que prometen poner en forma a quienes los usan. El caso más relevante es su famoso plan de ejercicio llamado P90X, del cual se han vendido hasta la fecha 3 millones de copias más o menos a 120 dólares cada una sin hacer uso de publicidad masiva, excepto infomerciales en televisión y creando una enorme red de usuarios quienes ellos mismos se han convertido en los voceros del producto.

No hace falta más que darse una vuelta por YouTube para encontrar cientos de testimonios de clientes satisfechos que sin miramiento alguno muestran sus cuerpos bien torneados (algunos no tanto) al mundo del internet, algunos de estos videos pasan del millón de visitas. En el caso de Twitter, se generan cada hora aproximadamente 30 Twitts que mencionan #P90X… ¿Qué marca no estaría feliz de que sus usuarios hablen de ella al menos una vez cada dos minutos y lo mejor de todo, sin que cueste?

La gente de Beachbody que se encarga de comercializar sus productos sabe lo que hace: primero, desarrollan un producto, o más bien, integran un programa de ejercicio con uno nutricional, crean un nombre interesante y le ponen como empaque a un tipo simpático, con dotes de motivador para ser el centro de su imagen; acto seguido hacen uso inteligente de todos los medios digitales posibles, crean un complejo sitio para que cada usuario le dé seguimiento a su progreso y lo invitan a que documente sus avances y los comparta con el resto de la comunidad.

Y si esto no fuera poco, a los “graduados” que han terminado el plan de 90 días que conforma P90x, los nombran “Coaches” para que a su vez ayuden en su progreso a los nuevos reclutas. No sólo venden un producto, reconocen que la participación activa de la marca con sus usuarios debe ser intensa y permanente para generar lazos a largo plazo y lo hacen perfectamente bien.

Por cierto, yo soy uno de esos 3 millones de usuarios. ¿Me ha servido? Puedo decir que como plan de ejercicio y nutrición, tal vez. Como ejemplo de que hay que hacer para crear una marca y provocar esa epidémia en redes sociales; definitivo.

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Cuando es tiempo de elecciones políticas las calles se llenan de imágenes idealizadas con rostros sonrientes, bendecidos todos por la benevolencia del retoque digital que matizando la realidad nos muestran pieles más lustrosas, sonrisas más blancas y ojos más abiertos, que a gritos nos piden nuestra confianza y por supuesto, nuestro voto.

Después de ese primer impacto viene la propuesta, la oferta a vender, cimentanda en estudios de mercado que dan las bases para estructurar tanto las estrategias a seguir como para definir el tono y el estilo de los mensajes a comunicar. Cada candidato tiene la propuesta perfecta con la habrá de combatir la pobreza, la inseguridad, generará más empleo y ofrecerá mejores oportunidades de vida en general para todos.

El tercer ingrediente no menos importante en la ecuación después de la imagen de los candidatos y sus planes de acción es la empatía; que tan bien me cae, que tan amable parece ser, que tan cercano es con la gente.

Es por eso que los candidatos sabiendo esto tratan de incorporar en la medida de lo posibles grandes dosis de cada uno de estos 3 factores en sus campañas: Quieren verse bien, hacer buenas propuestas y sobre todo caer bien.

Sin embargo los votantes muchas veces pasan por alto otros factores que debiesen ser más importantes que los antes mencionados y que a la larga pesarán mucho más en el futuro; por ejemplo la experiencia que tenga el candidato en cargos públicos, cuales han sido sus logros, y quien será parte de su gabinete si es que éste logra el triunfo en la elección.

Habría que hacer un examen más a profundidad antes de decidir a quien querermos “contratar” como gobernantes, y ver más allá de ese rostro amable de la publicidad electoral para estar plenamente convencidos (o al menos tener una idea) de que la marca dará resultados a largo plazo. Es importante recordar que a diferencia de un producto de consumo que nos permite darnos el lujo de probarlo y si no nos satisface entonces lo desechamos y comprar otro a la vuelta de la esquina, en este caso el producto que compraremos el día de la elección habremos  de consumirlo nos guste o no, por años, con las consecuencias que esto tenga. Y lo peor del caso, es que no estará ninguna tienda abierta para aceptar devoluciones.

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